Parole dal mondo

Historias para soñar

Jacinta

Él era Mister B, o quizá Monsieur X o el Sr. H. Vivía en el centro de Londres, en Los Campos
Elíseos de París o en el Barrio de Salamanca de Madrid. Coleccionaba objetos valiosos.
Extraños amuletos traídos de los lugares más recónditos, de sitios en los que ni siquiera
había imaginado que viviera alguien.
Juguetes de la selva amazónica, encontrados por exploradores intrépidos, los anillos de
boda de una princesa asiática, una máscara antigua encontrada en Bali, los colmillos de un
desaparecido animal de África convertidos en pendientes, una bolsa de tela burda que
contenía fósiles, ungüentos de los Andes, muñecos del Perú, quitapenas hechos con dedos
tristes…
Era la colección más valiosa de objetos incomprensibles que había en Europa. Estaba
asegurada en un cifra incalculable, la parte del edificio en la que la había sido instalada,
estaba protegida por los medios de seguridad más modernos y sofisticados.
Cada objeto tenía una ficha, un valor y una vitrina impecable. Alejados del ser con el que
habían convivido pasaban el tiempo bajo un foco alógeno, sobre un cristal esterilizado.
Cada objeto tenía una historia sangrante. Eso no importaba.
Mister B, o Monsieur X, o, si preferimos, el Sr H estaba sentado frente a la última
adquisición.
Saboreaba un güisqui añejo. Tintineaban las piedras de hielo, al acercar la copa de cristal de
bohemia a los labios gruesos. Nunca había salido de la ciudad, pero tenía todos los libros de
geografía y los atlas más modernos para conocer el mundo. No hablaba con nadie si no era
para dar una orden, pero los objetos que hacía comprar para él tenían historias de personas.
Tomó un trago ansioso mientras contemplaba la última adquisición.
La muñeca de hojas de maíz que le habían traído de África. Los que se la vendieron le
contaron la historia triste de unos niños que entre las chabolas hacen muñecas con los
deshechos que encuentran entre las basuras, para venderlas luego a los turistas ricos.
Aquel coleccionista de mentiras nunca supo que Jacinta era única.
Tenía nombre, Jacinta, como la niña que la construyó para engañar a la soledad y al miedo.
Siempre estaba sentada. Quizá las piernas, alambres desbaratados no la sostenían de
pie mucho tiempo.
Siempre miraba al horizonte. Quizá los ojos asustados buscaban un cielo más justo.
Jacinta había nacido en una aldea lejana. Era feliz al principio, cuando sus hermanos

corrían entre los árboles y el padre reía con los otros hombres cuando venía de trabajar.
Luego todo se empezó a apagar, igual que se van las llamas de las velas y nunca
sabemos dónde está la luz.
Había visto partir a su padre, a su madre, a la nueva esposa de su padre y los tres
hermanos. Todos heridos por el sida. África negra era sangrante, dolía como las heridas
que hacen los leopardos.
Jacinta sentía sobre sus hombros el peso de 80 años, aunque solo tenía 8.
Pero en los ojos había un brillo que solo podían ver los que saben caminar sobre hilos de
luz.
Ella tenía una muñeca. Era burda y áspera. Estaba vestida de fajinas de maíz. Tenía ojos
de clavos viejos y pelos de alambres sucios. Jacinta siempre estaba sentada a la puerta
de la choza.
Antes de partir a no sabía dónde, de la misma manera que se van las llamas de la luz,
Jacinta besó a su muñeca. La colocó con cariño entre las cajas y las botellas plásticas
llenas de agua, en el fondo del cayuco. La miró y dos lágrimas brillantes rodaron despacio
por las mejillas de carbón.
Murió con una sonrisa dibujando esperanza en los labios. La otra Jacinta viajaba hacia el
continente de la felicidad. Ella, cuando la veía triste, le contaba la leyenda de un lugar en
el que la comida caía de los árboles, donde no había enfermedades y los niños podían
jugar. Acurrucaba a su Jacinta y le susurraba aquella historia, para que no tuviera miedo,
de la misma manera que su madre se lo había dicho a ella, y su abuela se lo había
contado a su madre, besándola antes de morir.

Ahora era realidad.

La india de Jujuy

En Purmamarca el tiempo reposa, cansado de sufrimientos repetidos siglo a siglo. Todo mira
hacia otro lado. La colina de los siete colores adorna el paisaje como una tarta hecha por
dioses antiguos y mágicos.
Las calles rebosan de colores, un indiecito agarra de la mano a los turistas y les enseña una
diminuta muñeca, una joven mira con los ojos viejos, un perro flaco pasea por la calle.
Una quena se oye entre los cactus, parece que habla de tiempos antiguos.
Una llama sucia y vieja posa desganada para los turistas.
Fotos para adornar una sesión de amigos en el lujoso apartamento de la ciudad.
Almerinada Quinché es una india vieja. Tiene las arrugas esculpidas con golpes de la vida
en la piel seca. Su historia estaba escrita en los surcos de la cara. Pupilas de color cansado,
manchadas de polvo y penas. Se leían palabras que venían de la época en la que América
aún no había sido descubierta y los indios ofrecían tributos a la tierra.
Trabajaba desde niña. Primero lo hizo para ayudar a sus padres, luego para el joven marido,
para los hijos, para los nietos, para sobrinos, para tíos viejos.
Y cuando llegaba la hora del descanso, iba a la iglesia de puertas de la madera del cáctus,
caladas como bordados luz hechos en el tiempo.
Era pequeña, la iglesia. Cuando estaba sola preguntaba en voz alta ¿por qué la vida es así?
Almerinda había tenido dieciocho hijos. Ya quedaban muy pocos confundidos entre nietos y
biznietos y otros parientes.
Al primero tuvo que venderlo nada más nacer. Una pareja de países ricos le daría una vida

mejor y ella necesitaba el dinero para vivir, aunque un guijarro afilado se le coló en el
corazón aquel día.
Los días de hambre fueron feroces y cambió a una niña por media vaca.
Otros se fueron; otros murieron en la mina, en las manifestaciones, en reyertas…
Ahora no distingue cuántos quedan a su lado. Ella no sabe contar.
Tampoco tiene tiempo para la tristeza, ni para las lágrimas.
Cada día tiene que levantarse y salir a trabajar a la carretera, junto a sus nietos y a la llama
renqueante, vende cosas inservibles y se saca fotos junto a los extranjeros.
Muchas veces mira a los turistas, autómatas, vacíos, manadas de gestos aprendidos y
piensa que no saben mirar por las ventanas.

Nana para los niños abandonados

Africa es sueño y aventura, es rugido y canción. En las noches tórridas los narradores
inventan relatos bajo el baobad. Las gentes imaginan un mundo ideal bajo un cielo
impasible. Las estrellas susurran historias engañosas a los niños.

A la nana, nana
tu sueño vigilo
a la nana, nana
volarás tranquilo.

Las leyendas hablan de tierras en las que habita la felicidad. Los niños sueñan encontrar
un mundo para ellos. Un país de miel y azúcar. Una casa de cristal. Árboles de caramelo y
ríos de mazapán.
Los ogros avaros los guían por rutas oscuras sobre el mar. Ellos van tranquilos, sin saber
qué van a encontrar.
Los niños, a veces, encuentran una voz que los guía en la noche de los miedos.

A la nana, nana
Nanita le haremos
Una voz de plata
Para niños buenos.

Niño sobre el agua
Mecido por miedos
Niño de la noche
De ojitos abiertos

Al niño entre olas
Sábanas de niebla
Almohada sola

En la cuna tiembla

Y en su cuna de negras sábanas de agua, el niño sólo se duerme. Soñando su mundo de
alegres cantos. El miedo se acurruca a su lado. En el fondo de la barca chapotean las quimeras.

Niño piel de noche
Ojos de tristeza
Busca sin reproches
Soñadas riquezas.

Nana de corales
Solo entre las brumas
Cayuco de plata
Viaja hacia la luna

Ecos en la brisa
Niño abandonado
Breve la sonrisa
Ternura de nardo.

Tiritan las estrellas en el cielo negro. La luna pinta estelas en la mar para alumbrar el
camino. Nana de los niños solos, nana para los abandonados. Bajo las nubes del miedo
huyen los niños. Sobre las aguas navegan tristes quimeras muertas ya antes de nacer.
Niños de sonrisa leve, alas rotas en la noche. Niños solos en el mundo. Viaje sobre un
cuento de hadas tristes. Solos hacia un mundo feliz.

A la nana, nana
cielos de esperanza
a la nana, nana
mares de bonanza.

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Rodriguez Abad

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